viernes, 28 de diciembre de 2018

Despedida

June, mi gata, murió el 26 de diciembre, a las ocho de la noche. No puedo terminar de expresar la pena enorme que siento mientras escribo esto desde Fargo, Dakota del Norte, donde estoy pasando unos días maravillosos con mi familia y la familia de mi cuñada. June se recuperó muy bien de su operación el año pasado, pero a la larga, ese tumor hizo metástasis, y mi gatita fue empeorando imperceptiblemente, en silencio, callada, hasta que los últimos días se hizo vertiginoso e inevitable el final. June me hizo inmensamente feliz, me enseñó amor del  bueno, sin condiciones, generoso, fuerte, protector. Ella me rescató inumerables veces de mi misma, de mi soledad, de mi melancolía, me enseñó a estar acompañada de mi misma, de disfrutar de su compañia leal y silenciosa, dando todo sin esperar nada a cambio. Su nobleza, su delicadeza no tuvieron límites, y se fue, silenciosamente, me dejó, entera, lista para continuar el resto del camino sin ella y a la vez, con su recuerdo inborrable en mi mente y mi corazón que no puede ni desea reemplazarla. Porque ella, fue y es, única. Inefable, irrepetible. El dolor tan enorme que siento es proporcional, equivalente a la felicidad que su presencia me proporcionó en vida. Es el precio que en algún lugar recóndito  de mi corazón supe siempre que tendría que pagar por amarla y recibir su amor. Esa experiencia inigualable de velar por la integridad de un otro, por su salud, por su bienestar, la responsabilidad enorme de que tenga una buena vida y también una buena muerte. La experiencia más cercana que tuve y tendré a lo que puede signifcar ser madre, ser hermana, ser compañera todo en uno, en fin, ser todo para alguien, que lo es todo para una. Hasta siempre mi June, querida gatita mía, y que en ese cielo de gatos, corras, salvaje, entre todos los que te precedieron, libres, y únicos para quienes los amaron como a su propia vida. 








June (junio de 2007- 26 de diciembre de 2018)

lunes, 10 de diciembre de 2018

Fluye Diciembre...

                         Entre el agua, la luz del sol, los días, el tiempo y el aire, fluye diciembre...


(Arco Iris ayer después de la lluvia)


(Fuente en el Rosedal)


(La Rosa, perenne y efímera)


(Jardín en el Círculo Italiano, Croque Madame)

martes, 27 de noviembre de 2018

Dia 123


                                
                                                          (Luna saliendo sobre Boedo)

Buenas noticias. La duquesa de Boedo, mi gatita, mi June, está bien. Finalmente la llevé a la veterinaria el martes pasado y la revisó, la auscultó, mientras yo la sostenía y June bufaba por todo lo alto, y me dijo que estaba todo ok. La pesamos -metida en el bolso- y estimamos unos cuatro kilos. Hay que controlar el tema del peso y  me indicó la doctora que la lleve en seis meses. El bulto que yo le palpaba no era más que el esqueleto en la parte del esternón. Así que todo resultó en una falsa alarma. Qué alegría. 


Mientras tanto se termina el año, hay mil actividades, cosas que hacer y fechas límites, entre exámenes, corrección, recuperatorios, orales, cierre de proyectos, entrega de informes y entro en una vorágine dentro de la cual es difícil mantener la calma a veces, el mundo circundante se altera con uno y todo es un ida y vuelta. Además me fui por tercera vez del chat de whatsapp de amigas "auténticas" donde todo es una uniforme masa de comentarios sobre política y religión con los cuales no acuerdo en nada, donde me siento cada vez más fuera de lugar, mientras mi vida fluye por otros cauces, otros rumbos, geográficos, ideológicos, y de experiencia cotidiana y diaria. Es doloroso sentir que después de tantos años de vida compartida donde fui testigo de tantas cosas, donde a su vez ellas participaron de algunos o varios eventos en mi vida, poco o nada nos une ya, y la amistad que algún día tuvimos se fue desintegrando. Sé que es un tema, como muchos otros, alrededor del cual doy vueltas, un poco sin arribar a un puerto definitivo, pero son cosas que en el fondo y no tan en el fondo, duelen, lastiman. Quizás las heridas vienen de hace mucho, quizás fue mucho tiempo tolerando diferencias, intentando asimilarlas e incluso "adaptarme" y parecerme, intentar "pertenecer" y ser parte algo que definitivamente no va conmigo. En fin, creo que sólo el tiempo dará respuesta o solución a estos temas, mientras tanto, trato de transitarlos lo mejor que pueda, tratando de ser sincera, y honesta con ellas y conmigo. 

sábado, 17 de noviembre de 2018

Día 122

Estoy preocupada. Mi gata June, tiene, desde hace un tiempo un bulto bastante grande en el cuello, en el esternón, creo. Lo noté recientemente, casi imperceptible fue creciendo, de una manera en que, al advertirlo, me quedé pensando, sigo pensando, cuanto tiempo estuvo ahí, presente. Revisando fotos, la verdad, fotos de ella no me faltan, le saco todo el tiempo, atando cabos, comienzo a definir una fecha de aparición que podría coincidir con la segunda mitad del año, definiendo un mes, quizás septiembre, octubre. Y estamos a noviembre. La gata no tiene síntomas, duerme, se alimenta y toma agua normalmente, hace sus necesidades en el arenero que tiene, no me deja alzarla, pero ella siempre fue medio arisca. El año pasado la operé de tumores en las mamas, y ya que estaba también la hice castrar. La operación fue un estrés para ella y para mi, se recuperó bien y tiempo después nos mudamos a Boedo, al pequeño departamento que compartimos. June tiene once años, cumple doce el año que viene, es, según los libros, una gata geronta. Sé que no va a vivir para siempre, que yo tampoco viviré para siempre, que estamos de paso, pero siempre desee para ella, una vida larga, sana y feliz. Este nuevo bulto, esta nueva patología me preocupa, me deshago mirando y buscando información en internet, tratando de obtener alguna respuesta que me tranquilice. Mientras tanto dilato el momento de llevarla a la veterinaria que tengo más cercana, donde ya consulté con la doctora que está allí. June detesta ir al veterinario y yo por ende, no soy muy amiga de llevarla. Pero el momento se acerca en que tendré que pedir la opinión de un profesional, porque no puedo verla así, y no hacer nada. En fin, como decía preocupada, un poco, bastante, por mi gatita, June, a quien amo con toda mi alma, y a quien quiero ver fuerte, sana y feliz, un tiempo más, unos años más. 


(June descansando al sol en nuestra cama, la semana pasada)

martes, 13 de noviembre de 2018

Día 121

 
   -El problema es que soy muy intensa.- dije de repente cuando la catarata de palabras, relatos, experiencias y razonamientos me condujo inevitablemente a este adjetivo.
  -Si.- dijo ella. Y anotó mientras agregaba algo así como: Ahí está la clave, el quid de la cuestión.

Soy intensa, cuando me acerco demasiado a los demás, y sin quererlo ni desearlo me "enciendo" y los "quemo" con mi afecto, mi amor, mi necesidad incombustible de amar y ser amada. Entonces se suceden las pequeñas explosiones, las combustiones, los choques. Creo que este juego, esta dinámica, muchas veces es mutua. Esas escenas donde  el otro se acerca, me atrae, me busca, yo voy a su encuentro, nos encontramos, nos confundimos en uno, entonces, yo me irrito, el otro o la otra se irritan a su vez y sobreviene -inevitable- la distancia. Y vuelta a empezar como en una rueda, todo de vuelta. Mirando hacia atrás y recordando, reconozco que el camino recorrido es extenso, que los pasos dados son inmensos, nada más ni nada menos, que 48 años. Acá estamos chapoteando a veces en el barro, bailando los días de lluvia, andando en bici y mojándome hasta los huesos, bañándome en la luz del sol y de la luna, disfrutando de esta felicidad, que pienso que no es más que una fabricación, una manta que me protege de la noción cierta de que el mundo es un lugar inhóspito, frío, ingrato. Voy y vengo de esas certezas que me fui fabricando, que fui edificando, construyendo, y ante todo, vivo, consumo estos años que quedan por delante, con la mayor consciencia posible, porque los sé, en su eternidad, efímeros, breves, y escasos dentro de su pródiga extensión. Pero bueno, volviendo al tema del amor, sí, se trata de graduarlo, como el calefón, para que no se queme, para que quede en un intermedio, un agua tibia-caliente que nos moja, nos baña nos limpia, sin quemarnos, sin hacernos arder por demás y consumirnos en su mismo calor, esa temperatura extrema que -como señaló el gasista que me instaló el nuevo calefón- es para pelar chanchos...


   
                                Tango "Tu Corazón" (Orquesta Típica Misteriosa Buenos Aires) 


    
                                              Feliz con mi nuevo calefón y mi agua caliente

jueves, 8 de noviembre de 2018

Día 120

Los días nacen y se extinguen entre soles y lunas y se acerca fin de año. Las vacaciones, el momento de la pausa del descanso. El tiempo voló, como un suspiro pasó ya casi otro año más. Un año marcado por la ausencia física definitiva de Horacito, tan bueno, tan especial y entrañable, tan presente en cada recuerdo, en los vínculos recuperados con la familia Torres, en la cajita para tes que me regaló y que ayer llevé al trabajo para compartir con las compañeras, en fin, en cada gesto que tuvo en vida conmigo y con cada uno de los que lo rodearon. Un año también signado por el trabajo, por el aprendizaje, por la concreción de nuevos proyectos, por el análisis. Pero...¡alto! ¿Ya estoy haciendo balances y enumeraciones? Todavía faltan semanas, cinco o seis...de todas maneras es bueno ir pensando en cerrar ciertos temas, concretar otros y soltar ciertas cosas. De a poco y no tanto siento que me fui transformando en alguien distinta, alguien nueva, en esencia la misma pero reconstituida a través de muchas lecciones, algunas dolorosas que me tocó aprender, vivir y transitar. Creo que me llevo para siempre o lo que me queda de camino, esa noción de que definitivamente estamos acá para aprender, para transitar esta aventura apasionante, comprendiendo y aceptando nuestro destino pero también luchando por modificarlo si hiciera falta, si entendiéramos que algo no nos hace bien, o nos hace daño. De estas y otras cosas charlamos con Marce el otro día en el parque, donde pasamos entre mates, torta, tambores, ladridos y cantos de pájaros, una tarde hermosa, de esas que se atesoran en el corazón, que se quieren prolongar y extender en el tiempo que se escabulle travieso, como las horas que expiran unas atrás de otras. Esa noción de que se puede ser feliz con tan poco. De que un momento de amistad, de conexión, de entendimiento, de intercambio valen más que tantos desencuentros, decepciones que a veces me llevo por poner demasiadas expectativas en el afuera en el otro, esperando de los demás más de lo que me pueden brindar, olvidándome de dejar que la vida, fluya, incansable, eterna y efímera por los cauces que tenga que fluir. Y de encontrar adentro mío, en mi interior aquellas reservas de energías y amor que a veces busco en el afuera y en mis semejantes. 






jueves, 25 de octubre de 2018

Día 119


                          (foto tomada en Ciudad de Buenos Aires, en pleno invierno, año 2018)


Sobre esto hace rato que quiero escribir. Pero no encuentro las palabras, justas, necesarias, y es probable que esas palabras no existan. Además, duele. Allá por Julio – Agosto, conmovida y sacudida por la cantidad de gente que dormía en la calle, se me ocurrió fotografiar a algunos. Lo hice sublevada al ver desfilar ante mis ojos, tanto abandono, tanta desolación, tanta pobreza que –pienso en estos días- no es lo mismo que la miseria, que abunda muchas veces entre aquellos que más tienen, esas miserias cotidianas de la gente mezquina, egoísta, vana, superficial, que se observan  y se sufren en el trabajo, en la calle, en la vida social, a veces en personas muy cercanas y también en nosotros mismos. Pero la pobreza, el abandono, el haber caído de un sistema, el no haber encontrado un lugar mejor que la calle para vivir, es otra cosa. Los veo ahí, en las esquinas, en los cajeros, en las veredas, con sus pocas posesiones algunos, con sus escasas pertenencias, este abrazado a su perro, ella a sus libros y su vaso de cerveza, ellos dos que se tienen uno al otro y sus puchos, unidos en un abrazo a la intemperie en la puerta de la Casa del Teatro. Pienso tantas veces qué historias habrá detrás de estas imágenes, de esta gente de carne y hueso, que tiene como cualquiera, hambre y sed, necesidades y sueños que hubieran deseado cumplir. La falta de trabajo en algunos, de vivienda, de amor. Cómo se descienden tantos escalones hasta llegar al más bajo, y cómo nosotros, cómo este sistema, lo permite. Siento que tranquilamente podría ser cualquiera de ellos, yo la que un día extraviada, huyera de mi vida, de mis débiles vínculos afectivos, para buscar una  libertad costosa que me dejaría, sucia, mal vestida, anónima e invisible, tirada, como un trapo en alguna de esas veredas, de esas esquinas. Aquél engañado, maltratado que elige dejar todo, huir, a esta soledad desgarradora de la calle, llena de transeúntes que pasan todos los días indiferentes, casi pisando o pateando al que está ya en las últimas, que ni siquiera pide, que lo perdió todo, si es que tuvo alguna vez ese todo. Me gustaría charlar con ellos, escuchar sus historias, y pienso, no serían diferentes de las de cualquiera de nosotros, ella que se quedó sin trabajo y no pudo pagar más el alquiler, a este otro a quien su esposa echó de su casa porque se jugaba el sueldo en el bingo, en fin, mil y una maneras de caer, de descuidarse y quedar así. ¿Y por qué dije: descuidarse? ¿Acaso no es este sistema salvaje el que nos expulsa, nos limita, nos rotula, nos pone un código de barras, un chip mental que nos dice, “merecés lo que tenés”?¿Qué hacer ante todo esto? ¿Cuál debería ser mi respuesta? ¿Nuestra respuesta? No estoy segura. Quizás una mayor conciencia social, un mayor compromiso con el otro, tan difícil en este mundo que nos impulsa a “cuidar la propia quintita” y meterle para adelante con las orejeras puestas, como los caballos, para evitar distracciones y así lograr nuestros objetivos. Pienso una y mil veces y no encuentro respuestas que me conformen porque esas respuestas deberían traducirse en acciones concretas. Acciones que muchas veces dilato, porque estoy muy ocupada, viviendo esta vida mía, pequeña, suficiente, feliz y egoísta.



domingo, 21 de octubre de 2018

Día 118

Voy a decirlo. Esta fecha, desde hace un tiempo, es para mí, una mierda. Mi madre, muerta, festeja en otra dimensión. Los hijos, que no tuve, acompañan a las madres que los tuvieron, en sus casas, en sus hogares, en sus celebraciones, inundando las redes sociales de alegría, de amor maternal, de cariño filial. ¿Que soy madre a mi modo? Mmmm cuesta dejarse engañar por ese discurso, que los alumnos, que la gata, que pum que pam. No soy madre, no. No tengo hijos biológicos, ni adoptivos, ni de ningún tipo. Tengo este enorme hueco, esta gran carencia, la del mandato no cumplido, la de la evidencia, certera, aguda, de que en algo fallé, para la sociedad, para el mundo, para este mercado que nos domina. Este es un auténtico día, de furia. Una furia tranquila, moderada, casi diría serena, que me impulsa a escribir y describir lo obvio, lo evidente. No hay "premio consuelo" que valga en este día donde se nos enrostra, de algún modo sutil, y también total y completamente de maneras más bien invasivas, a las que elegimos otro camino, que lo nuestro, no es lo que se esperaba de nosotros. "Un beso a todas las que honramos a nuestras madres", dice un mensaje de whatsapp de una amiga en uno de los grupos. Estuve todo el día preguntándome que significaba exactamente ese mensaje. ¿Honrar a mi madre? ¿De qué manera? ¿Recordándola? ¿Siguiendo sus enseñanzas? ¿Trayendo hijos al mundo? Si la respuesta es si, no me incluye ese saludo. Así que muy resuelta, mientras suena la música en mi pc, y las horas se extinguen por mi ventana, me meto en la página de Cinemark y me saco con el télefono una entrada 1 (una) para "Nace una estrella" dirigida y actuada por Bradley Cooper, hombre hermoso si los hay. Y me voy feliz, sola, sin hijos, sin marido, sin novio, yo, con todas la madres que me antecedieron adentro mío, latiendo en el pecho, a disfrutar de mi soledad, la que elijo cada día, cuando cierro la puerta de casa, y saludo a mi gata, que dice: ¡Miau, Miau! 



martes, 9 de octubre de 2018

Día 117 -La Celebración-

Viajé el fin de semana a Tucumán, a Yerba Buena, al casamiento de mi prima Agustina con su novio, Quique. Fueron tres días de muchas emociones, intensas, diversas, todas maravillosas e inexpresables. Para mi fue como visitar Tucumán , la tierra de mis abuelos, por primera vez. Fue inmenso haber tenido la oportunidad de conocer y reconocer un lugar tan hermoso, tan cargado de historias familiares, de recuerdos, de memorias. Fuimos con mi hermana Flor y nos trataron con una hospitalidad y un cariño difíciles de poner o traducir en palabras. Fue único haber sido testigos de tanto amor entre Agustina y Quique que se casaron en una capilla hermosa y pequeña, donde al llegar al altar al son de una música conmovedora que hablaba de amor, de un futuro compartido, de una vida juntos, se abrazaron con felicidad, decididos, resueltos a comprometerse para siempre y hasta el final. Con los ojos húmedos todos los allí presentes los acompañamos en su decisión de amarse en las buenas y en las malas para toda la vida. Luego los acompañamos al lugar de la fiesta, un salón enorme donde nos reunimos todos a celebrar tanto amor y tanta entrega. Los jóvenes y los novios bailaron hasta la madrugada. En la fiesta conocí mucha gente, amigos y familiares, que habían conocido a mis padres, a mi madre, a papá, -sos igual a tu padre-, -que parecida a tu mamá, tu hermana-, -son bien Torres-. En cada recuerdo en cada rostro y en cada nombre latían y palpitaban los nombres, las memorias y vidas de mis padres, de mi madre y mi padre, que también algún día, como Agustina y Quique, se habían prometido amor para toda la vida. Fue muy intenso, muy fuerte, muy especial. Al día siguiente me despertaron los cantos de los pájaros por la ventana y salí a caminar buscando llegar al pie del cerro, al final, maravillada por el paisaje circundante, los tonos de verde, marrón, azul, y los mil colores del Jardín de la República. En el camino me encontré a Mariana, la madre de Agustina y me dijo lo que yo intuía, que ya estaba en el cerro. Regresamos el domingo por la noche, felices, emocionadas, agradecidas y resueltas a volver. 









domingo, 30 de septiembre de 2018

The Duchess of Boedo

Llegó y se fue...septiembre, con toda su luz, su alegría, y el amor en variadas formas tamaños y colores, no quizás en el tamaño y forma esperado, pero amor al fín, puro, grandioso, avasallador, intenso. Porque, aunque el mundo se derrumba a nuestro alrededor, seguimos buscando el amor. Aunque y quizás, porque el mundo se desintegra día a día, anhelamos y buscamos amar y ser amadas. No es tarea sencilla amarse para poder entregar ese amor, ese cariño, intacto, sin condiciones, luminoso, porque a veces no estamos preparadas para recibir otro tanto, porque como leí por ahí, la mayoría de la gente no se quiere ni a sí misma, menos podrá amar a un otro. Hablando de amor, mi amor felino, subsiste, como el sol que se asoma todos los días por mi ventana. La más fiel, la más hermosa, la que vive y deja vivir, mi gatita June, ya once años en mi vida. En estos días pasó de ser mi gata zen, a mi chica burguesa, llegando a ostentar el título de "Duquesa de Boedo" dado su comportamiento impecable el otro día cuando vinieron visitas a casa, nada más ni nada menos que siete mujeres, primas y tías, más mi hermana, Flor. Durante la tarde preparé la casa e hicimos un "coaching gatuno" juntas, le expliqué que eran visitas temporales, que después de unas horas volvería a disponer del espacio todo para ella, sola. Creo que lo entendió, porque se mantuvo hecha un bollo, tranquila, dormitando, impasible e imperturbable, mientras en la cama, en los banquitos, banquetas y la silla de mimbre, circulaban las copas, el vino, la comida, la charla y la algarabía. Así que a modo de felicitación ahora le digo que ella, es una "duquesa". Investida de ese título nobiliario, sigue como si nada, los galardones, los halagos, no la inmutan, sigue tan ella, tan perfecta en su autonomía, tan íntegra -más allá del bien y del mal-, cada vez más madura, más grande, en edad, en costumbres, en hábitos. Mi gatita, June. 


                                                 Decisiones, semáforo en Av. Rivadavia


                                    Es la vida que me alcanza, brote en el patio de la escuela.


                                                               The Duchess of Boedo

domingo, 16 de septiembre de 2018

Día 116


Transito estos días, entre toses, trabajo, idas y vueltas en bici, festejos -el 11 de septiembre se celebró el día del Maestro-, en fin, ingredientes cotidianos de la vida, que se regala, que se ofrenda, que nos vive a veces y otras tantas descansa latiendo en nuestras manos, pidiendo a gritos ser vivida. Lo hago con alegría, entre tanta adversidad, entre tanta turbulencia, buscando el remanso de mi casa siempre, donde cada vez voy agregando detalles, objetos, apropiándomela más y más, dándome la libertad de poner un esquinero allá, una planta aquí, un macetero más allá. Entre todo ese ir y venir, June me acompaña, le hablo al entrar a casa, le susurro a las plantitas y les acaricio las hojas, delicadamente, tratando de que June no lo advierta. Ya las atacó, con sus dientes filosos y fuertes, con sus garras, sus uñas agudas, cortantes. Yo les hablo, me hablo, hablo conmigo todo el tiempo. Me doy cuenta  de que sola, como una loca, o más bien un ser solitario, mientras en una media voz, me relato a mi misma los actos, las acciones, lo que coloco acá, lo que limpio en ese otro lado, lo que meto en la mochila, y así re afirmándome en esa secuencia de voces y de hechos que se repiten cotidianos, voy confirmando lo que hago, dándole entidad real, de tal modo que, al salir, chequeo dos o tres veces que todo esté en orden, que las llaves de gas de la cocina cerradas, que el calefón en piloto, etc, etc, etc. Y cierro una vez y dos y tres. dándole dos vueltas a la llave. Advierto con demasiada frecuencia que por la mañana me cuesta desprenderme de la casita, de este pequeño espacio donde vibro, donde me lleno de luz, y de sol, donde en una palabra, soy feliz. Es como si dejara el alma un poco encerrada entre estas cuatro paredes, con mis libros, mi gatita, mis plantas, mis pequeños objetos, mis pocas posesiones. No me diferencio demasiado del resto de la humanidad, pero cada uno siente, en lo privado, en lo íntimo, una originalidad, una sensación de ser único o única, que muchas veces confiere esa sensación de aislamiento o soledad. Luego sale al contacto con el otro, con los otros, y ahí están como espejos, nuestros semejantes, vivos, palpitando, sufrientes y gozosos, tan reales, tan diferentes y al mismo tiempo tan idénticos a nosotras y nosotros mismos. 


La de la izquierda que estalla en flores es según me dicen una variedad del Kalanchoé. La de la derecha es mi "mimada" un malvón que me regalaron mis cumpas y que sobrevive y persiste, valiente a los ataques de la intrépida June. 


Una plantita que me regalaron en el CECIE y otra más que conseguí yo, arriba en sus maceteros y sobre el esquinero para guardar libros, que conseguí cerca de casa.


                                    Los aloes al lado del gajo de potus,  que me regaló Patricia.



Asseyez-vous...compré dos banquitos, para "acompañar" e invitar a sentarse a los eventuales              visitantes...a la mesa ratona, la única mesa que tengo en la casa, junto con la barra de la cocina.                                                                                 

viernes, 14 de septiembre de 2018

Día 115

La verdad, hasta hace no tanto tiempo, yo no entendía nada, lo admito, miraba a estos docentes de guardapolvo blanco marchando, luchando, cantando, jugándosela, y me asombraba, me parecía incomprensible, no entendía que ser docente, ser maestro, es eso, y más, es trascender el aula, es mancharse las manos de tiza, el delantal de pegotes de todo tipo, el alma de intenciones, el corazón de amor, hasta estallar, es vaciar las manos, para llenarlas de abrazos, de cariño, de " te quieros", que el verdadero maestro no es simple emisor y transmisor de conocimiento, si no tanto más, un catalizador, un mero instrumento, un peregrino, un luchador, no entendía nada de todo esto, si hasta me acusaron de tener una "ensalada rusa" en la cabeza. Y tenían razón. Ahora con suerte entiendo un poco más, un poquito nada más.



  13-09-18 Paro y marcha docente 
reclamando por presupuesto, salario, infraestructura, justicia por Sandra y Ruben y en repudio al secuestro y tortura de Corina De Bonis en Moreno.

martes, 4 de septiembre de 2018

Día 114

El domingo asistí con una amiga al Hi Matsuri en el Jardín Japonés. Se trata de una ceremonia donde se dejan escritas en una tablita aquellas cosas que se desea dejar atrás. Todas las tablitas se depositan en un árbol donde, luego de un show de tambores de taiko, un grupo presidido por un ¿monje? japonés y todos nosotros presenciamos la quema de las mismas. Por el poder purificador del fuego, todas esas cosas negativas que todos los allí presentes deseábamos dejar atrás, se transformarían y convertirían en bendiciones o hechos positivos. La verdad la ceremonia me decepcionó un poco, estaba lleno de gente hasta las manos -cosa que imaginé en parte pero no llegué a anticipar cuánto y de qué manera-, en el momento mismo en que se iniciaba el fuego, alguien a pasos nuestros comenzó a gritar: "Médico, ambulancia" mientras la multitud seguía indiferente y atenta los pasos de la transformación del fuego. Un "maestro de ceremonias" describía con excesivas repeticiones todo lo que sucedía, reiterando hasta el cansancio las palabras "expectativas" y "en instantes". Por momentos me sentí como si estuviera en una misa, católica, rodeada de fieles y presididos todos por un sacerdote que nos instaba a repetir consignas y gestos. En fin, cosas mías. Quizás mi falta de fe impida que el poder transformador del fuego mute  lo malo en bueno y mis deseos de "cosas positivas" queden en la sola intención, qui lo sa. El jardín estaba hermoso, había sol, luz, y el cerezo florecido se llevó todas las fotos y atenciones. Amo este lugar, pero lo que más amo de él es su paz, su armonía, su serenidad. No abundaron estas emociones el domingo cuando fui de visita. Otra vez será mejor.








jueves, 30 de agosto de 2018

Día 113

Se acaba agosto, llega septiembre con toda la luz, la energía, el sol, las flores y  -esperemos, jaja- el amor. Ando apestada en estos días con tos seca persistente, mocos, congestión. Todo tiene el mismo gusto: el café matinal, un pollo teriyaki, el atún salteado con arroz y cebolla, etc. Mis papilas gustativas se mezclaron y desaparecieron entre las mucosidades, la aspereza y la tos. Supongo que esta baja de defensas ocasional -no es frecuente en mi- se debe al cambio de clima, al entrar y salir de ambientes donde la calefacción está al mango hacia el frío urbano en las calles. Mientras tanto sigo laburando, dando todo lo mejor o lo mejor que puedo dar de mi. Se acerca fin de año. "Falta mucho para el viaje", me dijo ayer la Flor. Pero no sé...creo que son meses, días que se pasan volando y luego, volar. El frío, la nieve, la familia, las celebraciones. Estoy muy contenta con este proyecto que se va concretando. Y también un poco ansiosa, nerviosa quizás. Por lo demás sigo bastante sensible, revisando muchas cosas de mi vida, mi modo de relacionarme y las relaciones y vínculos que resultan de esos modos, de esas maneras. Dejar atrás ciertas cosas, abrir las puertas y ventanas a otras nuevas, no necesariamente mejores, ni peores pero si, distintas. Claro vos eras "free-pass" me dijo Vale el otro día cuando le conté que andaba cabrona, con pocas pulgas. Y bueno...me pareció chistosa la comparación. Pero ahí están las palabras del otro, para contrastar, para iluminar, para ayudar a las propias que a veces escasean, o merman, entre la tos y la vida que prosigue a pesar de todo, fuerte, in-detenible, fugaz y permanente. 




                                            (La memoria escrita, anotaciones en libretas)



(La ventana, siempre, la ventana)

                                               
                                            (Ultima luna llena del invierno, a disfrutarla)



(Un mago vino a la escuela)

domingo, 19 de agosto de 2018

Día 112

Días raros, buenos, felices, pero raros. Duermo un poco mal. El jueves lo vi a Joaquín y conversamos del tema, me dió algún consejo. También lo hablé con Flora. Estoy naciendo de vuelta, quizás, rompiendo viejas estructuras, renaciendo, cambiando de piel. Ya sé que suena trillado, está tan de moda, pero es lo que es. Muchas o varias personas  nuevas que entran a mi vida para alterarla, enriquecerla, modificarla, intervenirla, sacudirla quizás un poco. Otras que pasan a ocupar un segundo plano. Y yo, que no soy yo. No mi yo conocido, habitual, cotidiano. Sino este, un poco más cabrón, más firme, más reactivo. ¿Por qué reactiva? No lo sé. Las respuestas no están a la vuelta de la esquina, ni mucho menos en los libros, creo. Están en la vida misma, en la experiencia, hay que transitarla con abandono y fe. Con confianza, con los ojos puestos en el más allá. Con los pies sobre la tierra. Con amor y sin miedo -que no es otra cosa que la otra cara del odio-.Ya no hay vuelta atrás, solo avanzar siempre. Hacia el futuro. Hoy.

jueves, 9 de agosto de 2018

Día 111

A ver cuándo legalizamos el amor, el placer, el gozo, la alegría, la libertad, la tolerancia, la suprema voluntad de respetar al otro en su libre elección de vida, de camino, de todo lo que lo hace fuerte, feliz, sano y pleno. A ver cuándo nos dejamos de joder y construimos entre todos y todas un mundo más feliz, más justo, sí, feliz, porque la felicidad, si no es un derecho, debería serlo. Y ni hablar de la justicia. Vivir nuestras vidas. Sin que moleste al prójimo, sin que lo limite ni tampoco permitiendo que el otro nos anule a nosotros, pero ser felices, ir por la vida sonriendo, sin miedo, sin temor, sin vergüenza, con orgullo, porque cómo leí hace poco en el mural de la estación Pueyrredón de la línea H, : "En una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política.". Esas palabras me abrazaron fuerte, me curaron un poco, en algún punto recóndito del alma donde había heridas que ocultaba con vergüenza, con humillación, como si amar fuera un pecado, como si ser diferente o distinto fuera un crimen, como si la locura pudiera confinarse a cuatro paredes, "curarse", reprimirse, corregirse. ¡Cuánto para aprender, cuánto para recorrer! A no bajar los brazos, aunque las señales -invisibles y sutiles- se multipliquen por todos lados. Aunque los obstáculos se presenten una y otra vez para taclearnos, para hacernos rodar por el piso. No importa, a levantarse y seguir. Adelante, siempre. 



sábado, 28 de julio de 2018

Ser feliz o la magia de los objetos

Cinco imágenes de objetos que me hicieron feliz estas vacaciones. ❤❤❤


(Bata de toalla blanca)


(mi bici -en rigor me hace más feliz cuando la uso para trasladarme-)


(Un esquinero para poner algunos de los varios libros que tengo) 


(Libros, terminé dos, el de Bordelois y el de Yates -gracias Marxe-)


(Un gorro de lana para la cabeza que compré en la feria de plaza Armenia) 

Hay algunos más. Las grullas de papel que traje de la feria, las plantas que compré hoy cuando volvía de terapia, los anteojos para leer que hicieron mis lecturas más rápidas y efectivas. En fin...son objetos, cosas materiales pero a fin de cuenta representan momentos, vivencias, emociones, sentimientos, felicidades pequeñas pero que sumadas unas a otras constituyen un presente dichoso y armonioso.

viernes, 27 de julio de 2018

Día 110

   Días atrás me pronuncié en un chat de amigas de toda la vida acerca de la ley de despenalización del aborto que se quiere aprobar en agosto en el congreso. Me llevó muchísimo tiempo, muchos silencios, mucha furia reprimida, mucha sumisión, muchas lágrimas y varias cosas más, cobrar valor y expresar mi punto de vista, casi como pidiendo permiso o perdón e implorando que nuestra amistad no se quiebre ante esta y otras diferencias. De las 17 que somos, solo cuatro o cinco respondieron mis palabras o reaccionaron asegurándome que esa opinión -vertida con respeto- no cambiaría la naturaleza de nuestro vínculo. El resto guardó silencio. Un silencio que todavía no sé cómo interpretar. Creo que algunas maneras de hacer a un lado, de ¿discriminar?  o aislar al que piensa distinto, al que es diferente, no pasan por las palabras si no por mínimos gestos, ese no hacerte partícipe de sus vidas, de lo más valioso que tienen, como si uno fuera a contaminarlo con su persona y presencia. Por dar un ejemplo: de todas las amigas que tengo y sus hijos -que no son pocos-, no amadriné a ninguno, la única ahijada  -de Bautismo- que tuve alguna vez murió de meningitis en un conventillo en la Boca. Era la hijita enferma de una mujer que íbamos a visitar con un antiguo noviecito en uno de esos afanes por salvar el mundo que eran tan frecuentes en esa época. Esos y otros gestos muy sutiles son los que van socavando la amistad, erosionándola, desintegrándola a la luz de la historia en nuestras vidas paralelas que transcurren y que cada vez se entrecruzan menos y cada vez tienen menos en común y más y más  de diferente tanto en lo geográfico como lo social como lo sentimental lo económico lo ideológico y demás etcéteras. Creo que en estos como en otros vínculos se hace necesario dejar de forzar las cosas, el afecto, el cariño o lo que fuera y dejar que las cosas fluyan en la dirección que tengan que fluir. ¿Para qué forzar lo que no quiere ser? ¿Para qué poner todo de nuestra parte? Ser siempre la que insiste, la que implora, la que se acerca. Puede llegar a ser -si uno lo permite- tan cansador como frustrante. En fin, un desahogo, creo que son análisis muy complejos que pueden conducir a algo o no. Mientras tanto me concentro en lo que sí. Que los no queden con sus dueños. 

miércoles, 25 de julio de 2018

Día 109

Leyendo estas vacaciones, intentando capturar lo indecible. 



                         (Ivonne Bordelois, Noticias de lo Indecible, "Libros del Zorzal"-Edhasa)

lunes, 23 de julio de 2018

Día 108

Me levanto temprano los primeros días para aprovechar y no hacer nada desde temprano. O eso me gusta repetir entre risas. Más tarde duermo una siesta -para reponer energías-, y temprano me voy a dormir porque necesito descansar de no hacer nada. A veces -como ayer- me despierta en mitad de la noche un mensaje de Flor y nos colgamos hablando una hora y media por teléfono, mientras cada una hace algo distinto o lo mismo, intercambiamos impresiones, fotos ( "Me compré un gorro nuevo" "¿A ver?" "Mmm sacate otra en esa no estás bien, mmsi esa está mejor" "Perdí los anteojos" "No, los debés tener en algún lado" ). Vivencias, similares y diferentes, la vida, la alegría. Decidimos lavar juntas los platos (Flor en su casa yo en la mía) más tarde siento hambre y me hago un omelette. Cuando la conversación va languideciendo y el silencio se apodera de la comunicación, cortamos la llamada. Son casi las tres de la mañana. Yo sigo mirando internet, navegando por el espacio, y sintiendo, gradual y gentil, el abrazo del sueño. Este lunes amanece soleado y mientras miro los rayos del sol por la ventana y desayuno, me pregunto qué haré el día de hoy, cómo lo aprovecharé, mmmcambio de rutina nonfareniente, es que la luz, creo, invita al movimiento, y los días de no hacer nada, comienzan su descuento, así, pienso en el sakura  que está floreciendo en el Jardín Japonés o en la manta turquesa que vi en oferta ayer en Coto y que no me compré. Miro a June que se va acomodando en la cama y que duerme eternamente su sueño felino y me admiro una vez más de cuánta es la compañía sanadora, gratuita, generosa e irremplazable de todos estos años. Once años. Voy pensando en detener esta marcha y fluir de pensamientos y cerrar hasta próxima entrada acá mi día de furia alegre. 



Grullas en casa

                                                           
                                                            Yo, con gorro nuevo, feliz.

domingo, 15 de julio de 2018

Día 107

Es una maravilla tener tantos días por delante para descansar, hacer un alto y juntar energías para enfrentar y transitar la segunda parte del año. Estos días fueron hermosos, sobre todos los que siguieron al día de mi cumple donde me vi rodeada de amor, cariño y afecto. Todo lo recibí con los brazos abiertos y todo traté de retribuir también con las manos extendidas. Ahora que pasó un poco esa "euforia natalicia" vuelvo un poco a mi centro y empiezo a analizar situaciones, emociones, palabras, acciones. Todo es hermoso a la luz del sol que asoma por mi ventana y aunque ciertas cosas me molestan un poco, me impiden esa felicidad "total", sigo adelante, porque hacia adelante se construye siempre. Creo que esta idea no es nueva, que ya lo expresé varias veces en este blog, pero está visto que giramos en círculos el noventa por ciento de las veces. Espero que esos círculos se transformen en espirales ascendentes, en escaleras o escalones que nos lleven a un nuevo estado de cosas para allí seguir girando, progresando, avanzando. En fin, pensamientos que como torbellinos invaden mi alma y me animan a compartir, a seguir y a mejorar, siempre, cada vez un poco más. 


sábado, 14 de julio de 2018

Doce en el Paraná

 Éramos doce en el Tigre ese fin de semana. Doce mujeres, doce historias que confluían como los brazos de ese río, en ese lugar. Doce personas adultas que habíamos dejado todo para convivir unas horas, para rescatar la amistad, la historia en común, las rutinas del afecto, las charlas y las palabras, de la unión largamente conservada.
Mientras algunas –tres- se iban a remar por el río y otras a leer y caminar, me quedé con Marian, Ignacia y Lula, charlando de espaldas al agua.
-Yo la remo, toda la semana- había dicho jocosa ante la invitación a navegar en el kayak.
Y era, de algún modo: cierto, verdadero.
Cuando la invitación se repitió, reiteré la broma.
-Ya lo dijiste, más temprano- apuntó no sin sarcasmo, Caro.
-Bueno, sí. Pero no todas lo habían escuchado- repliqué velozmente. Y era verdad.
De repente, Ignacia saca a relucir una noticia, lo de Macrón y aquél adolescente que se tomó la libertad de tutearlo, de llamarlo por su primer nombre. Yo lo defendí, al adolescente digo. Y a mi postura, la que subyacía detrás de mis palabras, de mi idea de lo que tenían que ser la educación y la vida, en definitiva. Muy lejana de lo que opinaba Ignacia. Ella con muy buen tino, se levantó y se fue al muelle cercano a hablar por teléfono.
Quedamos  Lula, Marian y yo.
Ya no recuerdo por qué derroteros transcurrió la conversación, pero de repente advertí que estaba dando la espalda al río, a ese espectáculo hermoso de los árboles y las embarcaciones que iban y venían por el lugar. La neblina persistente que ocultaba y difuminaba las formas, tornándolas borrosas, poco definidas, confiriendo a todo un aire de novela de Agatha Christie según palabras de Ignacia, que lee mucho.
Entonces cambié mi silla de lugar y me senté entre Lula y Marian, pensando en proseguir con la conversación, que quizás, sin quererlo, había desalentado con mi fervorosa defensa del chico francés.
-Tenés que depilarte ahí arriba-, dijo Lula que observaba con desaprobación mi surco sub nasal.
-Bueno, como “tener”, no tengo, me lo depilo si quiero- respondí, un tanto irritada, ante el comentario gratuito, que no había invitado, ni consentido y que volvía a evidenciar tantas diferencias entre ella y yo.

Acto seguido, luego de dejar pasar unos minutos, me levanté, y yo también me acerqué al muelle donde Ignacia seguía hablando por teléfono.
Doce voluntades, doce personalidades, lo habíamos dejado todo, o al menos casi todo, por unas horas, para resaltar el vínculo de años, para rescatar en esa isla, el afecto y la historia compartida. 
El viaje de vuelta en lancha se me hizo largo, demorado, lento y aletargado. 
Ya en casa, me reconocí en los ojos y maullidos de mi gata que, detrás de la puerta, atenta, fiel y precisa, como la vida misma, me esperaba.
Ya en casa, me miré al espejo, con ojos críticos, casi con odio, y con resignada obediencia, tomé la gillette –rosa-  y eliminé de un saque y sin piedad de mi mentón y mi rostro, el vello, la pelusa y todo vestigio de salvajismo o masculinidad que pudiera opacar la condición de mi género, de mi sexo...débil. 
Más tarde me acosté a dormir y a los pocos días me olvidé de Lula y sus palabras, de mi respuesta y mi reacción, tardía, de obediencia privada, de capitulación posterior.
A veces las palabras son la única rebelión que nos queda, ante ciertos mandatos, ante ciertas órdenes. El último y seguro refugio. El recóndito y salvaje vello, que crece, con fuerza, revigorizado, insolente y vital, ahí, a lo Frida, justo sobre el borde del labio superior derecho, allí, donde más le molesta a Lula y a tantas como ella.

Dolores Velasco Suárez, 2018