jueves, 25 de octubre de 2018

Día 119


                          (foto tomada en Ciudad de Buenos Aires, en pleno invierno, año 2018)


Sobre esto hace rato que quiero escribir. Pero no encuentro las palabras, justas, necesarias, y es probable que esas palabras no existan. Además, duele. Allá por Julio – Agosto, conmovida y sacudida por la cantidad de gente que dormía en la calle, se me ocurrió fotografiar a algunos. Lo hice sublevada al ver desfilar ante mis ojos, tanto abandono, tanta desolación, tanta pobreza que –pienso en estos días- no es lo mismo que la miseria, que abunda muchas veces entre aquellos que más tienen, esas miserias cotidianas de la gente mezquina, egoísta, vana, superficial, que se observan  y se sufren en el trabajo, en la calle, en la vida social, a veces en personas muy cercanas y también en nosotros mismos. Pero la pobreza, el abandono, el haber caído de un sistema, el no haber encontrado un lugar mejor que la calle para vivir, es otra cosa. Los veo ahí, en las esquinas, en los cajeros, en las veredas, con sus pocas posesiones algunos, con sus escasas pertenencias, este abrazado a su perro, ella a sus libros y su vaso de cerveza, ellos dos que se tienen uno al otro y sus puchos, unidos en un abrazo a la intemperie en la puerta de la Casa del Teatro. Pienso tantas veces qué historias habrá detrás de estas imágenes, de esta gente de carne y hueso, que tiene como cualquiera, hambre y sed, necesidades y sueños que hubieran deseado cumplir. La falta de trabajo en algunos, de vivienda, de amor. Cómo se descienden tantos escalones hasta llegar al más bajo, y cómo nosotros, cómo este sistema, lo permite. Siento que tranquilamente podría ser cualquiera de ellos, yo la que un día extraviada, huyera de mi vida, de mis débiles vínculos afectivos, para buscar una  libertad costosa que me dejaría, sucia, mal vestida, anónima e invisible, tirada, como un trapo en alguna de esas veredas, de esas esquinas. Aquél engañado, maltratado que elige dejar todo, huir, a esta soledad desgarradora de la calle, llena de transeúntes que pasan todos los días indiferentes, casi pisando o pateando al que está ya en las últimas, que ni siquiera pide, que lo perdió todo, si es que tuvo alguna vez ese todo. Me gustaría charlar con ellos, escuchar sus historias, y pienso, no serían diferentes de las de cualquiera de nosotros, ella que se quedó sin trabajo y no pudo pagar más el alquiler, a este otro a quien su esposa echó de su casa porque se jugaba el sueldo en el bingo, en fin, mil y una maneras de caer, de descuidarse y quedar así. ¿Y por qué dije: descuidarse? ¿Acaso no es este sistema salvaje el que nos expulsa, nos limita, nos rotula, nos pone un código de barras, un chip mental que nos dice, “merecés lo que tenés”?¿Qué hacer ante todo esto? ¿Cuál debería ser mi respuesta? ¿Nuestra respuesta? No estoy segura. Quizás una mayor conciencia social, un mayor compromiso con el otro, tan difícil en este mundo que nos impulsa a “cuidar la propia quintita” y meterle para adelante con las orejeras puestas, como los caballos, para evitar distracciones y así lograr nuestros objetivos. Pienso una y mil veces y no encuentro respuestas que me conformen porque esas respuestas deberían traducirse en acciones concretas. Acciones que muchas veces dilato, porque estoy muy ocupada, viviendo esta vida mía, pequeña, suficiente, feliz y egoísta.



domingo, 21 de octubre de 2018

Día 118

Voy a decirlo. Esta fecha, desde hace un tiempo, es para mí, una mierda. Mi madre, muerta, festeja en otra dimensión. Los hijos, que no tuve, acompañan a las madres que los tuvieron, en sus casas, en sus hogares, en sus celebraciones, inundando las redes sociales de alegría, de amor maternal, de cariño filial. ¿Que soy madre a mi modo? Mmmm cuesta dejarse engañar por ese discurso, que los alumnos, que la gata, que pum que pam. No soy madre, no. No tengo hijos biológicos, ni adoptivos, ni de ningún tipo. Tengo este enorme hueco, esta gran carencia, la del mandato no cumplido, la de la evidencia, certera, aguda, de que en algo fallé, para la sociedad, para el mundo, para este mercado que nos domina. Este es un auténtico día, de furia. Una furia tranquila, moderada, casi diría serena, que me impulsa a escribir y describir lo obvio, lo evidente. No hay "premio consuelo" que valga en este día donde se nos enrostra, de algún modo sutil, y también total y completamente de maneras más bien invasivas, a las que elegimos otro camino, que lo nuestro, no es lo que se esperaba de nosotros. "Un beso a todas las que honramos a nuestras madres", dice un mensaje de whatsapp de una amiga en uno de los grupos. Estuve todo el día preguntándome que significaba exactamente ese mensaje. ¿Honrar a mi madre? ¿De qué manera? ¿Recordándola? ¿Siguiendo sus enseñanzas? ¿Trayendo hijos al mundo? Si la respuesta es si, no me incluye ese saludo. Así que muy resuelta, mientras suena la música en mi pc, y las horas se extinguen por mi ventana, me meto en la página de Cinemark y me saco con el télefono una entrada 1 (una) para "Nace una estrella" dirigida y actuada por Bradley Cooper, hombre hermoso si los hay. Y me voy feliz, sola, sin hijos, sin marido, sin novio, yo, con todas la madres que me antecedieron adentro mío, latiendo en el pecho, a disfrutar de mi soledad, la que elijo cada día, cuando cierro la puerta de casa, y saludo a mi gata, que dice: ¡Miau, Miau! 



martes, 9 de octubre de 2018

Día 117 -La Celebración-

Viajé el fin de semana a Tucumán, a Yerba Buena, al casamiento de mi prima Agustina con su novio, Quique. Fueron tres días de muchas emociones, intensas, diversas, todas maravillosas e inexpresables. Para mi fue como visitar Tucumán , la tierra de mis abuelos, por primera vez. Fue inmenso haber tenido la oportunidad de conocer y reconocer un lugar tan hermoso, tan cargado de historias familiares, de recuerdos, de memorias. Fuimos con mi hermana Flor y nos trataron con una hospitalidad y un cariño difíciles de poner o traducir en palabras. Fue único haber sido testigos de tanto amor entre Agustina y Quique que se casaron en una capilla hermosa y pequeña, donde al llegar al altar al son de una música conmovedora que hablaba de amor, de un futuro compartido, de una vida juntos, se abrazaron con felicidad, decididos, resueltos a comprometerse para siempre y hasta el final. Con los ojos húmedos todos los allí presentes los acompañamos en su decisión de amarse en las buenas y en las malas para toda la vida. Luego los acompañamos al lugar de la fiesta, un salón enorme donde nos reunimos todos a celebrar tanto amor y tanta entrega. Los jóvenes y los novios bailaron hasta la madrugada. En la fiesta conocí mucha gente, amigos y familiares, que habían conocido a mis padres, a mi madre, a papá, -sos igual a tu padre-, -que parecida a tu mamá, tu hermana-, -son bien Torres-. En cada recuerdo en cada rostro y en cada nombre latían y palpitaban los nombres, las memorias y vidas de mis padres, de mi madre y mi padre, que también algún día, como Agustina y Quique, se habían prometido amor para toda la vida. Fue muy intenso, muy fuerte, muy especial. Al día siguiente me despertaron los cantos de los pájaros por la ventana y salí a caminar buscando llegar al pie del cerro, al final, maravillada por el paisaje circundante, los tonos de verde, marrón, azul, y los mil colores del Jardín de la República. En el camino me encontré a Mariana, la madre de Agustina y me dijo lo que yo intuía, que ya estaba en el cerro. Regresamos el domingo por la noche, felices, emocionadas, agradecidas y resueltas a volver.