domingo, 15 de julio de 2018

Día 107

Es una maravilla tener tantos días por delante para descansar, hacer un alto y juntar energías para enfrentar y transitar la segunda parte del año. Estos días fueron hermosos, sobre todos los que siguieron al día de mi cumple donde me vi rodeada de amor, cariño y afecto. Todo lo recibí con los brazos abiertos y todo traté de retribuir también con las manos extendidas. Ahora que pasó un poco esa "euforia natalicia" vuelvo un poco a mi centro y empiezo a analizar situaciones, emociones, palabras, acciones. Todo es hermoso a la luz del sol que asoma por mi ventana y aunque ciertas cosas me molestan un poco, me impiden esa felicidad "total", sigo adelante, porque hacia adelante se construye siempre. Creo que esta idea no es nueva, que ya lo expresé varias veces en este blog, pero está visto que giramos en círculos el noventa por ciento de las veces. Espero que esos círculos se transformen en espirales ascendentes, en escaleras o escalones que nos lleven a un nuevo estado de cosas para allí seguir girando, progresando, avanzando. En fin, pensamientos que como torbellinos invaden mi alma y me animan a compartir, a seguir y a mejorar, siempre, cada vez un poco más. 


sábado, 14 de julio de 2018

Doce en el Paraná

 Éramos doce en el Tigre ese fin de semana. Doce mujeres, doce historias que confluían como los brazos de ese río, en ese lugar. Doce personas adultas que habíamos dejado todo para convivir unas horas, para rescatar la amistad, la historia en común, las rutinas del afecto, las charlas y las palabras, de la unión largamente conservada.
Mientras algunas –tres- se iban a remar por el río y otras a leer y caminar, me quedé con Marian, Ignacia y Lula, charlando de espaldas al agua.
-Yo la remo, toda la semana- había dicho jocosa ante la invitación a navegar en el kayak.
Y era, de algún modo: cierto, verdadero.
Cuando la invitación se repitió, reiteré la broma.
-Ya lo dijiste, más temprano- apuntó no sin sarcasmo, Caro.
-Bueno, sí. Pero no todas lo habían escuchado- repliqué velozmente. Y era verdad.
De repente, Ignacia saca a relucir una noticia, lo de Macrón y aquél adolescente que se tomó la libertad de tutearlo, de llamarlo por su primer nombre. Yo lo defendí, al adolescente digo. Y a mi postura, la que subyacía detrás de mis palabras, de mi idea de lo que tenían que ser la educación y la vida, en definitiva. Muy lejana de lo que opinaba Ignacia. Ella con muy buen tino, se levantó y se fue al muelle cercano a hablar por teléfono.
Quedamos  Lula, Marian y yo.
Ya no recuerdo por qué derroteros transcurrió la conversación, pero de repente advertí que estaba dando la espalda al río, a ese espectáculo hermoso de los árboles y las embarcaciones que iban y venían por el lugar. La neblina persistente que ocultaba y difuminaba las formas, tornándolas borrosas, poco definidas, confiriendo a todo un aire de novela de Agatha Christie según palabras de Ignacia, que lee mucho.
Entonces cambié mi silla de lugar y me senté entre Lula y Marian, pensando en proseguir con la conversación, que quizás, sin quererlo, había desalentado con mi fervorosa defensa del chico francés.
-Tenés que depilarte ahí arriba-, dijo Lula que observaba con desaprobación mi surco sub nasal.
-Bueno, como “tener”, no tengo, me lo depilo si quiero- respondí, un tanto irritada, ante el comentario gratuito, que no había invitado, ni consentido y que volvía a evidenciar tantas diferencias entre ella y yo.

Acto seguido, luego de dejar pasar unos minutos, me levanté, y yo también me acerqué al muelle donde Ignacia seguía hablando por teléfono.
Doce voluntades, doce personalidades, lo habíamos dejado todo, o al menos casi todo, por unas horas, para resaltar el vínculo de años, para rescatar en esa isla, el afecto y la historia compartida. 
El viaje de vuelta en lancha se me hizo largo, demorado, lento y aletargado. 
Ya en casa, me reconocí en los ojos y maullidos de mi gata que, detrás de la puerta, atenta, fiel y precisa, como la vida misma, me esperaba.
Ya en casa, me miré al espejo, con ojos críticos, casi con odio, y con resignada obediencia, tomé la gillette –rosa-  y eliminé de un saque y sin piedad de mi mentón y mi rostro, el vello, la pelusa y todo vestigio de salvajismo o masculinidad que pudiera opacar la condición de mi género, de mi sexo...débil. 
Más tarde me acosté a dormir y a los pocos días me olvidé de Lula y sus palabras, de mi respuesta y mi reacción, tardía, de obediencia privada, de capitulación posterior.
A veces las palabras son la única rebelión que nos queda, ante ciertos mandatos, ante ciertas órdenes. El último y seguro refugio. El recóndito y salvaje vello, que crece, con fuerza, revigorizado, insolente y vital, ahí, a lo Frida, justo sobre el borde del labio superior derecho, allí, donde más le molesta a Lula y a tantas como ella.

Dolores Velasco Suárez, 2018





jueves, 28 de junio de 2018

Día 106

Vuelvo el miércoles del laburo y luego de cenar caigo desmayada en la cama. Es un tema porque si no me "agoté" lo suficiente -y parece que no-, me desvelo. A veces es sencillo seguir durmiendo, otra no. Abro la compu y me pongo a navegar la red, chequeo el celular, escucho música, como sistemas para dormir o seguir durmiendo, un desastre, pasan los minutos y nada funciona...lo mejor sería apagar todo y cerrar simplemente los ojos. Dormir. Eso haré supongo, pero antes, pienso, podría actualizar el blog. Así que así procedo mientras pienso en los resultados de los estudios de rutina que me hice en estos días...tomografía, eco-grafías y mamo-grafías, análisis de sangre...creo que todo está dentro de lo previsible aunque determinadas terminologías asustan un poco y una no entiende demasiado, entonces ahí está google, para calmar o excitar nuestra inquietud...en fin, debería esperar a que mi doctora vea todo, ella es quien tiene siempre la última palabra. Una de las cosas que me "hace feliz", es que el dichoso marcador CA125 está dentro de los rangos normales. Y eso me da cierto alivio, sino mucho, bastante. Dicho esto, ¡a dormir, que mañana se trabaja!

martes, 19 de junio de 2018

Día 105

                                                   
                                        (Amanecer hoy desde mi ventana en Boedo, CABA)



                                                 (Reloj en estación Retiro, domingo, 18.35)

sábado, 9 de junio de 2018

Día 104


Sábado en casa con June. Mirando fotos viejas, me inunda por momentos esa melancolía suave, casi placentera pero que bordea peligrosamente la nostalgia. Así que guardo la caja en el estante de arriba de mi ropero, la corto con los recuerdos. Sin embargo, una imagen, la de mis padres muy jóvenes y creo, ya de novios, vestidos de gala y yendo al Colón, me persigue. El vestido que luce mi madre es  largo hasta los tobillos, de color rosa y tiene unos bordes de pasamanería dorada. Se lo había hecho ella misma. En la foto se ve blanco, negro y gris. Ninguno de los dos está mirando a la cámara, están absortos mirándose uno al otro. En realidad, mirando en detalle, mi padre es el que observa a mamá, mi madre tiene los ojos bajos y esboza una tibia, tímida sonrisa. Y en esa mirada pienso, pendiendo de sus emociones, de su pasión, de su deseo, se empezaron a gestar las vidas y almas mía y de mis hermanos. De ese amor, humano, intenso, imperfecto, tan frágil pero fuerte al mismo tiempo y esa atracción que sintieron el uno por el otro, una atracción tan grande que los llevó a unir sus vidas para siempre, y traernos al mundo. En fin, lo que decía, la melancolía es peligrosa. Pero inevitable a medida que pasa el tiempo. ¿No? 


viernes, 25 de mayo de 2018

¿Día 103? (Me olvidé)

Entre los muchos alumnos que tengo -este año todavía no hice la cuenta- pero son ocho cursos diferentes de tres escuelas distintas, esta semana me sorprendió uno en particular. Está en primer grado, es bajito, rellenito y se expresa con dificultad, es difícil comprenderlo y es probable que necesite la ayuda de una fonoaudióloga. Una piensa que está en su mundo, que hará el proceso a su modo, quizás con más lentitud. Y sin....embargo....cuando estoy al frente, haciendo la rutina de cantos y saludos, se acerca, se adelanta a mis pasos y me pide con su vocecita pequeña, que cante "happy", no solo eso, toma la tiza y escribe el mismo las palabras y dibuja las caritas que acompañan cada emoción, en rigor tres emociones, y que sirven de guía al canto...y si lo dejo continúa escribiendo él mismo en el pizarrón. "¡Sos un genio!", le digo en español. (Y es un genio). Así es de emocionante enseñar un idioma, enseñar lo que sea, así de maravilloso es el aprendizaje, tanto que nos excede, que no podemos dimensionar hasta donde llega, ni qué efectos produce en los demás. Son cosas que animan a seguir, no importa el cansancio, ni el dolor que sigue molestando, no importa nada con tal de que ellos sonrían, aprendan, estén felices.