Cae la tarde en Buenos Aires donde estoy de regreso despues de pasar quince dias maravillosos con mi famillia, con mi hermano, mi cuñada, mi hermana y la familia de allá. Fue hermoso dar y recibir tanto amor, dar abrazos, besos, abrazos, abrazos, calor de familia, de hogar. Pasamos y compartimos juntos tantos momentos increibles que es dificil traducir en palabras la belleza y calidad del tiempo transcurrido con ellos, que nos cuidaron, nos mimaron, nos recibieron, nos incluyeron en sus fiestas, las de Navidad y Año Nuevo. Fiestas que a veces suelen ser complicadas y tristes, por lo difícil que es a veces hacer coincidir los tiempos y los espacios de todos y todas. Fue un viaje completo, no faltó gusto por darse, ni lugar por conocer, ni clima por experimentar, desde el tibio invierno Texano en Houston, pasando por el frío, blanco y hermoso North Dakota, volviendo hacia el sur hasta llegar a tocar el golfo de México en Galveston, el sábado pasado, día en que fuimos a la NASA, Agus, Flor y yo. Todavía creo, es todo muy reciente, y me dura la alegría y la felicidad que espero se prolongue mucho tiempo. Siento que hay un antes y un después de este viaje, de esta travesía al Norte, de este recorrido por el mapa, después de haber tomado en poco más tres días, cuatro aviones diferentes, y atravesado el continente de punta a punta, una sensación hermosa, la de elevarse, volar, viajar, descubrir nuevos mundos, nuevas gentes y nuevas culturas. Comienzo a pensar un nuevo nombre para el blog....la furia, la angustia que lo alimentó, que lo inspiró, fue dando paso a otros sentimientos, a nuevas emociones, más plenas, más felices, no sé si mejores ni peores, porque está visto que todo en la vida nos viene en un combo, y es imposible separar los ingredientes, la amargura, de la dulzura, la satisfacción de la hartura, la decepción y el dolor, de la alegría, la plenitud de una puesta de sol, de las olas del mar besando la orilla, de los suaves copos de nieve descendiendo gentiles sobre nuestro rostro, sobre la punta de nuestra nariz mientras nos curan, nos sanan, nos hacen de vuelta.
lunes, 7 de enero de 2019
viernes, 28 de diciembre de 2018
Despedida
June, mi gata, murió el 26 de diciembre, a las ocho de la noche. No puedo terminar de expresar la pena enorme que siento mientras escribo esto desde Fargo, Dakota del Norte, donde estoy pasando unos días maravillosos con mi familia y la familia de mi cuñada. June se recuperó muy bien de su operación el año pasado, pero a la larga, ese tumor hizo metástasis, y mi gatita fue empeorando imperceptiblemente, en silencio, callada, hasta que los últimos días se hizo vertiginoso e inevitable el final. June me hizo inmensamente feliz, me enseñó amor del bueno, sin condiciones, generoso, fuerte, protector. Ella me rescató inumerables veces de mi misma, de mi soledad, de mi melancolía, me enseñó a estar acompañada de mi misma, de disfrutar de su compañia leal y silenciosa, dando todo sin esperar nada a cambio. Su nobleza, su delicadeza no tuvieron límites, y se fue, silenciosamente, me dejó, entera, lista para continuar el resto del camino sin ella y a la vez, con su recuerdo inborrable en mi mente y mi corazón que no puede ni desea reemplazarla. Porque ella, fue y es, única. Inefable, irrepetible. El dolor tan enorme que siento es proporcional, equivalente a la felicidad que su presencia me proporcionó en vida. Es el precio que en algún lugar recóndito de mi corazón supe siempre que tendría que pagar por amarla y recibir su amor. Esa experiencia inigualable de velar por la integridad de un otro, por su salud, por su bienestar, la responsabilidad enorme de que tenga una buena vida y también una buena muerte. La experiencia más cercana que tuve y tendré a lo que puede signifcar ser madre, ser hermana, ser compañera todo en uno, en fin, ser todo para alguien, que lo es todo para una. Hasta siempre mi June, querida gatita mía, y que en ese cielo de gatos, corras, salvaje, entre todos los que te precedieron, libres, y únicos para quienes los amaron como a su propia vida.
June (junio de 2007- 26 de diciembre de 2018)
lunes, 10 de diciembre de 2018
martes, 27 de noviembre de 2018
Dia 123
(Luna saliendo sobre Boedo)
Buenas noticias. La duquesa de Boedo, mi gatita, mi June, está bien. Finalmente la llevé a la veterinaria el martes pasado y la revisó, la auscultó, mientras yo la sostenía y June bufaba por todo lo alto, y me dijo que estaba todo ok. La pesamos -metida en el bolso- y estimamos unos cuatro kilos. Hay que controlar el tema del peso y me indicó la doctora que la lleve en seis meses. El bulto que yo le palpaba no era más que el esqueleto en la parte del esternón. Así que todo resultó en una falsa alarma. Qué alegría.
Mientras tanto se termina el año, hay mil actividades, cosas que hacer y fechas límites, entre exámenes, corrección, recuperatorios, orales, cierre de proyectos, entrega de informes y entro en una vorágine dentro de la cual es difícil mantener la calma a veces, el mundo circundante se altera con uno y todo es un ida y vuelta. Además me fui por tercera vez del chat de whatsapp de amigas "auténticas" donde todo es una uniforme masa de comentarios sobre política y religión con los cuales no acuerdo en nada, donde me siento cada vez más fuera de lugar, mientras mi vida fluye por otros cauces, otros rumbos, geográficos, ideológicos, y de experiencia cotidiana y diaria. Es doloroso sentir que después de tantos años de vida compartida donde fui testigo de tantas cosas, donde a su vez ellas participaron de algunos o varios eventos en mi vida, poco o nada nos une ya, y la amistad que algún día tuvimos se fue desintegrando. Sé que es un tema, como muchos otros, alrededor del cual doy vueltas, un poco sin arribar a un puerto definitivo, pero son cosas que en el fondo y no tan en el fondo, duelen, lastiman. Quizás las heridas vienen de hace mucho, quizás fue mucho tiempo tolerando diferencias, intentando asimilarlas e incluso "adaptarme" y parecerme, intentar "pertenecer" y ser parte algo que definitivamente no va conmigo. En fin, creo que sólo el tiempo dará respuesta o solución a estos temas, mientras tanto, trato de transitarlos lo mejor que pueda, tratando de ser sincera, y honesta con ellas y conmigo.
sábado, 17 de noviembre de 2018
Día 122
Estoy preocupada. Mi gata June, tiene, desde hace un tiempo un bulto bastante grande en el cuello, en el esternón, creo. Lo noté recientemente, casi imperceptible fue creciendo, de una manera en que, al advertirlo, me quedé pensando, sigo pensando, cuanto tiempo estuvo ahí, presente. Revisando fotos, la verdad, fotos de ella no me faltan, le saco todo el tiempo, atando cabos, comienzo a definir una fecha de aparición que podría coincidir con la segunda mitad del año, definiendo un mes, quizás septiembre, octubre. Y estamos a noviembre. La gata no tiene síntomas, duerme, se alimenta y toma agua normalmente, hace sus necesidades en el arenero que tiene, no me deja alzarla, pero ella siempre fue medio arisca. El año pasado la operé de tumores en las mamas, y ya que estaba también la hice castrar. La operación fue un estrés para ella y para mi, se recuperó bien y tiempo después nos mudamos a Boedo, al pequeño departamento que compartimos. June tiene once años, cumple doce el año que viene, es, según los libros, una gata geronta. Sé que no va a vivir para siempre, que yo tampoco viviré para siempre, que estamos de paso, pero siempre desee para ella, una vida larga, sana y feliz. Este nuevo bulto, esta nueva patología me preocupa, me deshago mirando y buscando información en internet, tratando de obtener alguna respuesta que me tranquilice. Mientras tanto dilato el momento de llevarla a la veterinaria que tengo más cercana, donde ya consulté con la doctora que está allí. June detesta ir al veterinario y yo por ende, no soy muy amiga de llevarla. Pero el momento se acerca en que tendré que pedir la opinión de un profesional, porque no puedo verla así, y no hacer nada. En fin, como decía preocupada, un poco, bastante, por mi gatita, June, a quien amo con toda mi alma, y a quien quiero ver fuerte, sana y feliz, un tiempo más, unos años más.
(June descansando al sol en nuestra cama, la semana pasada)
martes, 13 de noviembre de 2018
Día 121
-El problema es que soy muy intensa.- dije de repente cuando la catarata de palabras, relatos, experiencias y razonamientos me condujo inevitablemente a este adjetivo.
-Si.- dijo ella. Y anotó mientras agregaba algo así como: Ahí está la clave, el quid de la cuestión.
Soy intensa, cuando me acerco demasiado a los demás, y sin quererlo ni desearlo me "enciendo" y los "quemo" con mi afecto, mi amor, mi necesidad incombustible de amar y ser amada. Entonces se suceden las pequeñas explosiones, las combustiones, los choques. Creo que este juego, esta dinámica, muchas veces es mutua. Esas escenas donde el otro se acerca, me atrae, me busca, yo voy a su encuentro, nos encontramos, nos confundimos en uno, entonces, yo me irrito, el otro o la otra se irritan a su vez y sobreviene -inevitable- la distancia. Y vuelta a empezar como en una rueda, todo de vuelta. Mirando hacia atrás y recordando, reconozco que el camino recorrido es extenso, que los pasos dados son inmensos, nada más ni nada menos, que 48 años. Acá estamos chapoteando a veces en el barro, bailando los días de lluvia, andando en bici y mojándome hasta los huesos, bañándome en la luz del sol y de la luna, disfrutando de esta felicidad, que pienso que no es más que una fabricación, una manta que me protege de la noción cierta de que el mundo es un lugar inhóspito, frío, ingrato. Voy y vengo de esas certezas que me fui fabricando, que fui edificando, construyendo, y ante todo, vivo, consumo estos años que quedan por delante, con la mayor consciencia posible, porque los sé, en su eternidad, efímeros, breves, y escasos dentro de su pródiga extensión. Pero bueno, volviendo al tema del amor, sí, se trata de graduarlo, como el calefón, para que no se queme, para que quede en un intermedio, un agua tibia-caliente que nos moja, nos baña nos limpia, sin quemarnos, sin hacernos arder por demás y consumirnos en su mismo calor, esa temperatura extrema que -como señaló el gasista que me instaló el nuevo calefón- es para pelar chanchos...
Tango "Tu Corazón" (Orquesta Típica Misteriosa Buenos Aires)
Feliz con mi nuevo calefón y mi agua caliente
jueves, 8 de noviembre de 2018
Día 120
Los días nacen y se extinguen entre soles y lunas y se acerca fin de año. Las vacaciones, el momento de la pausa del descanso. El tiempo voló, como un suspiro pasó ya casi otro año más. Un año marcado por la ausencia física definitiva de Horacito, tan bueno, tan especial y entrañable, tan presente en cada recuerdo, en los vínculos recuperados con la familia Torres, en la cajita para tes que me regaló y que ayer llevé al trabajo para compartir con las compañeras, en fin, en cada gesto que tuvo en vida conmigo y con cada uno de los que lo rodearon. Un año también signado por el trabajo, por el aprendizaje, por la concreción de nuevos proyectos, por el análisis. Pero...¡alto! ¿Ya estoy haciendo balances y enumeraciones? Todavía faltan semanas, cinco o seis...de todas maneras es bueno ir pensando en cerrar ciertos temas, concretar otros y soltar ciertas cosas. De a poco y no tanto siento que me fui transformando en alguien distinta, alguien nueva, en esencia la misma pero reconstituida a través de muchas lecciones, algunas dolorosas que me tocó aprender, vivir y transitar. Creo que me llevo para siempre o lo que me queda de camino, esa noción de que definitivamente estamos acá para aprender, para transitar esta aventura apasionante, comprendiendo y aceptando nuestro destino pero también luchando por modificarlo si hiciera falta, si entendiéramos que algo no nos hace bien, o nos hace daño. De estas y otras cosas charlamos con Marce el otro día en el parque, donde pasamos entre mates, torta, tambores, ladridos y cantos de pájaros, una tarde hermosa, de esas que se atesoran en el corazón, que se quieren prolongar y extender en el tiempo que se escabulle travieso, como las horas que expiran unas atrás de otras. Esa noción de que se puede ser feliz con tan poco. De que un momento de amistad, de conexión, de entendimiento, de intercambio valen más que tantos desencuentros, decepciones que a veces me llevo por poner demasiadas expectativas en el afuera en el otro, esperando de los demás más de lo que me pueden brindar, olvidándome de dejar que la vida, fluya, incansable, eterna y efímera por los cauces que tenga que fluir. Y de encontrar adentro mío, en mi interior aquellas reservas de energías y amor que a veces busco en el afuera y en mis semejantes.
jueves, 25 de octubre de 2018
Día 119
(foto tomada en Ciudad de Buenos Aires, en pleno invierno, año 2018)
Sobre esto hace rato que quiero escribir. Pero no encuentro
las palabras, justas, necesarias, y es probable que esas palabras no existan. Además, duele. Allá por Julio – Agosto, conmovida y sacudida por la cantidad de gente que dormía
en la calle, se me ocurrió fotografiar a algunos. Lo hice sublevada al ver
desfilar ante mis ojos, tanto abandono, tanta desolación, tanta pobreza que –pienso
en estos días- no es lo mismo que la miseria, que abunda muchas veces entre
aquellos que más tienen, esas miserias cotidianas de la gente mezquina, egoísta,
vana, superficial, que se observan y se
sufren en el trabajo, en la calle, en la vida social, a veces en personas muy
cercanas y también en nosotros mismos. Pero la pobreza, el abandono, el haber caído
de un sistema, el no haber encontrado un lugar mejor que la calle para vivir, es
otra cosa. Los veo ahí, en las esquinas, en los cajeros, en las veredas, con
sus pocas posesiones algunos, con sus escasas pertenencias, este abrazado a su
perro, ella a sus libros y su vaso de cerveza, ellos dos que se tienen uno al
otro y sus puchos, unidos en un abrazo a la intemperie en la puerta de la Casa
del Teatro. Pienso tantas veces qué historias habrá detrás de estas imágenes,
de esta gente de carne y hueso, que tiene como cualquiera, hambre y sed, necesidades
y sueños que hubieran deseado cumplir. La falta de trabajo en algunos, de
vivienda, de amor. Cómo se descienden tantos escalones hasta llegar al más
bajo, y cómo nosotros, cómo este sistema, lo permite. Siento que tranquilamente
podría ser cualquiera de ellos, yo la que un día extraviada, huyera de mi vida,
de mis débiles vínculos afectivos, para buscar una libertad costosa que me dejaría, sucia, mal
vestida, anónima e invisible, tirada, como un trapo en alguna de esas veredas,
de esas esquinas. Aquél engañado, maltratado que elige dejar todo, huir, a esta
soledad desgarradora de la calle, llena de transeúntes que pasan todos los días
indiferentes, casi pisando o pateando al que está ya en las últimas, que ni
siquiera pide, que lo perdió todo, si es que tuvo alguna vez ese todo. Me
gustaría charlar con ellos, escuchar sus historias, y pienso, no serían
diferentes de las de cualquiera de nosotros, ella que se quedó sin trabajo y no
pudo pagar más el alquiler, a este otro a quien su esposa echó de su casa
porque se jugaba el sueldo en el bingo, en fin, mil y una maneras de caer, de
descuidarse y quedar así. ¿Y por qué dije: descuidarse? ¿Acaso no es este
sistema salvaje el que nos expulsa, nos limita, nos rotula, nos pone un código
de barras, un chip mental que nos dice, “merecés lo que tenés”?¿Qué hacer ante
todo esto? ¿Cuál debería ser mi respuesta? ¿Nuestra respuesta? No estoy segura.
Quizás una mayor conciencia social, un mayor compromiso con el otro, tan difícil
en este mundo que nos impulsa a “cuidar la propia quintita” y meterle para
adelante con las orejeras puestas, como los caballos, para evitar distracciones
y así lograr nuestros objetivos. Pienso una y mil veces y no encuentro
respuestas que me conformen porque esas respuestas deberían traducirse en
acciones concretas. Acciones que muchas veces dilato, porque estoy muy ocupada,
viviendo esta vida mía, pequeña, suficiente, feliz y egoísta.
domingo, 21 de octubre de 2018
Día 118
Voy a decirlo. Esta fecha, desde hace un tiempo, es para mí, una mierda. Mi madre, muerta, festeja en otra dimensión. Los hijos, que no tuve, acompañan a las madres que los tuvieron, en sus casas, en sus hogares, en sus celebraciones, inundando las redes sociales de alegría, de amor maternal, de cariño filial. ¿Que soy madre a mi modo? Mmmm cuesta dejarse engañar por ese discurso, que los alumnos, que la gata, que pum que pam. No soy madre, no. No tengo hijos biológicos, ni adoptivos, ni de ningún tipo. Tengo este enorme hueco, esta gran carencia, la del mandato no cumplido, la de la evidencia, certera, aguda, de que en algo fallé, para la sociedad, para el mundo, para este mercado que nos domina. Este es un auténtico día, de furia. Una furia tranquila, moderada, casi diría serena, que me impulsa a escribir y describir lo obvio, lo evidente. No hay "premio consuelo" que valga en este día donde se nos enrostra, de algún modo sutil, y también total y completamente de maneras más bien invasivas, a las que elegimos otro camino, que lo nuestro, no es lo que se esperaba de nosotros. "Un beso a todas las que honramos a nuestras madres", dice un mensaje de whatsapp de una amiga en uno de los grupos. Estuve todo el día preguntándome que significaba exactamente ese mensaje. ¿Honrar a mi madre? ¿De qué manera? ¿Recordándola? ¿Siguiendo sus enseñanzas? ¿Trayendo hijos al mundo? Si la respuesta es si, no me incluye ese saludo. Así que muy resuelta, mientras suena la música en mi pc, y las horas se extinguen por mi ventana, me meto en la página de Cinemark y me saco con el télefono una entrada 1 (una) para "Nace una estrella" dirigida y actuada por Bradley Cooper, hombre hermoso si los hay. Y me voy feliz, sola, sin hijos, sin marido, sin novio, yo, con todas la madres que me antecedieron adentro mío, latiendo en el pecho, a disfrutar de mi soledad, la que elijo cada día, cuando cierro la puerta de casa, y saludo a mi gata, que dice: ¡Miau, Miau!
martes, 9 de octubre de 2018
Día 117 -La Celebración-
Viajé el fin de semana a Tucumán, a Yerba Buena, al casamiento de mi prima Agustina con su novio, Quique. Fueron tres días de muchas emociones, intensas, diversas, todas maravillosas e inexpresables. Para mi fue como visitar Tucumán , la tierra de mis abuelos, por primera vez. Fue inmenso haber tenido la oportunidad de conocer y reconocer un lugar tan hermoso, tan cargado de historias familiares, de recuerdos, de memorias. Fuimos con mi hermana Flor y nos trataron con una hospitalidad y un cariño difíciles de poner o traducir en palabras. Fue único haber sido testigos de tanto amor entre Agustina y Quique que se casaron en una capilla hermosa y pequeña, donde al llegar al altar al son de una música conmovedora que hablaba de amor, de un futuro compartido, de una vida juntos, se abrazaron con felicidad, decididos, resueltos a comprometerse para siempre y hasta el final. Con los ojos húmedos todos los allí presentes los acompañamos en su decisión de amarse en las buenas y en las malas para toda la vida. Luego los acompañamos al lugar de la fiesta, un salón enorme donde nos reunimos todos a celebrar tanto amor y tanta entrega. Los jóvenes y los novios bailaron hasta la madrugada. En la fiesta conocí mucha gente, amigos y familiares, que habían conocido a mis padres, a mi madre, a papá, -sos igual a tu padre-, -que parecida a tu mamá, tu hermana-, -son bien Torres-. En cada recuerdo en cada rostro y en cada nombre latían y palpitaban los nombres, las memorias y vidas de mis padres, de mi madre y mi padre, que también algún día, como Agustina y Quique, se habían prometido amor para toda la vida. Fue muy intenso, muy fuerte, muy especial. Al día siguiente me despertaron los cantos de los pájaros por la ventana y salí a caminar buscando llegar al pie del cerro, al final, maravillada por el paisaje circundante, los tonos de verde, marrón, azul, y los mil colores del Jardín de la República. En el camino me encontré a Mariana, la madre de Agustina y me dijo lo que yo intuía, que ya estaba en el cerro. Regresamos el domingo por la noche, felices, emocionadas, agradecidas y resueltas a volver.
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